Blog de Andrés Ruiz

Comunicador, periodísta, aficionado al cine y a escribir. Realizador de documentales, comerciales, videoclips, largometrajes y cortometrajes de ficción.

Recorrido por el trabajo como director de Ricardo Camacho, fundador del Teatro Libre, formador y guía de actores como Andrés Parra, Laura García, Héctor Bayona o Fernando Solórzano; y director de cerca de cien obras.

By

Documental: Por qué no hacemos una obra

Recorrido por el trabajo como director de Ricardo Camacho, fundador del Teatro Libre, formador y guía de actores como Andrés Parra, Laura García, Héctor Bayona o Fernando Solórzano; y director de cerca de cien obras. Soñó con ser futbolista y no le interesó actuar ni escribir. Termina una obra, empieza otra y tiene lista la siguiente. Documental. Dirección: Andrés Ruiz Zuluaga.

El arte está basado en la cleptomanía

Obra: La boda de los pequeños burgueses. Foto: Cortesía del Teatro Libre

POR: MARIO ANDRÉS RUIZ

Faltan diez minutos para las seis de la tarde. El sol se filtra por una ventana redonda del místico Teatro Libre de Chapinero y el último rayo de luz despide el día en su cabeza, dándole un tono entre amarillo y naranja a su pelo blanco y a la camisa de jean. Su voz rasgada y grave, hace que no necesite subir el volumen para imponerse a la de los demás. Solo con el saludo, sin conocerlo ni tener en cuenta su fama de cascarrabias, se siente que es el jefe, el director. 

Ricardo Camacho, además de ser fundador del Teatro Libre y haber dirigido más de cien obras de teatro en toda su vida, ha formado y dirigido a actores como Consuelo Luzardo, Andrés Parra, Fernando Solórzano, Héctor Bayona, César Mora o Laura García, entre otros. Después de varios acercamientos en los ensayos de dos de sus obras y acompañamientos en sus clases de actuación, la pregunta es necesaria:

—¿Por qué tiene fama de bravo? 

— Nooooo. No sé por qué dicen eso—suelta de inmediato y sube las cejas mientras sonríe por primera vez en toda la charla—. Si yo me la paso mamando gallo. Lo que pasa es que soy muy estricto en el trabajo y lo hago respetar. En el trabajo usted se comporta de manera ejemplar, cumple. Si hablamos de que una escena tiene que estar para mañana, pues tiene que estar para mañana. Simplemente eso. No creo que pueda haber creación sin disciplina y orden.

Un par de horas antes, observó, silencioso, un ensayo de hora y media de Complacencias musicales, obra actuada únicamente por una de sus pupilas más dedicadas, Alejandra Guarín, quien lleva 17 años en el Teatro Libre como actriz, si se suma su formación son más de 20 años, pues también es egresada de la Escuela de este grupo. Guarín, por primera vez, se le midió a arrastrar sola todo el peso de una obra sin diálogos. La responsabilidad de que el público entendiera, comprendiera y disfrutara la obra era solamente suya. Su misión, interpretar a una mujer de 40 años, sola, en el cuarto de una pensión, que repite meticulosamente la rutina de preparar su comida, ver televisión, lavar los platos, la ropa y escuchar un programa de radio. Sin embargo, esta mujer un día decide acabar con esa rutina. 

Al terminar su presentación, en esta ocasión con un público especializado (Camacho, algunos compañeros y el resto del equipo de la obra), un silencio reinó quizá por más de un minuto, tiempo que se sintió como horas. Todos, sin musitar una palabra, esperaron la intervención de Camacho. Se llevó la mano derecha, en puño, a sus labios, luego la pasó por su cabeza con fuerza y, con mucho aire y bajo volumen, soltó las primeras palabras, mientras extendió sus piernas y se recostó.

—Vamos a hacer una cosa. Quiero maquillaje blanco, hay que pintar la cara. En la escena de la cocina, cuando está comiendo, siento al personaje y todo lo que lleva adentro, pero antes de eso me pierdo —comentó Camacho. Luego dirigió la mirada directamente a Alejandra. —Veo a una señora haciendo cosas, pero no veo lo que está pasando. No se que está haciendo ni por qué. Cuando canta es otra persona, se pierde el personaje gris, ella se va. Ya te lo había dicho. Falta algo ahí.

Alejandra, en silencio, al frente de todos, en una silla, como si se tratara de un reality con los jurados al frente, asintió con la cabeza. 

—Cuando ella llega a la casa está haciendo lo mismo de todos los días. No tiene que pensarlo… hace aseo, va al baño, cuelga el abrigo, todo es una rutina. Pero sus ojos deben estar en otra parte. Puede ver un mugre y limpiarlo, pero con la mirada más allá —agregó Camacho, actualmente director artístico del Teatro Libre.

Aún a un mes del preestreno de la obra hay tiempo para corregir. Alejandra, con mucha atención, recibió una a una todas las recomendaciones de Camacho y luego las de los demás compañeros, a los que el director les pidió retroalimentación.

—La exigencia de Ricardo es grandísima, pero al mismo tiempo es un honor que él haya decidido que yo trabajara en esto sola. Él siempre está más allá de lo que uno está haciendo. Desde hace tiempo me está exigiendo una sensación, una energía que tengo que transmitir, pero no he podido. Intelectualmente lo entiendo, pero físicamente no lo he logrado expresar—comentó Alejandra al final de la sesión. 

Así nace un director

Después del ensayo, a las 5:30 p.m., Ricardo se sienta para la entrevista. Con fuerza, el sol suelta sus últimos suspiros y manda chorros de luz por la ventana redonda del salón en el tercer piso del teatro.

Foto: Cortesía del Teatro Libre

—Salgamos de esto de una vez—dice Camacho con su voz ronca y con una casi imperceptible sonrisa. No se ve cómodo con los micrófonos, está acostumbrado a estar detrás del escenario, a dirigir, no a ser el protagonista.

—Nunca me interesó actuar ni escribir, no sé, no se me da. Solo he escrito lo que me ha tocado, ensayos y cosas de esas, pero nunca una obra. He adaptado y traducido muchísimas. A todas les meto la mano, pero no he escrito nada original ni pienso hacerlo.

—Usted estudió filosofía y letras en Los Andes  y no teatro ¿cuándo y cómo decide ser director? —le pregunto.

—Nunca pensé en eso. No es que dijera que lo iba a ser. Simplemente así se dio. Así como alguien sale arquero y no delantero de fútbol, no sé. Cuando estaba en el colegio (el Liceo Francés) vi teatro por primera vez en mi vida. Los profesores hacían obras y no involucraban a los estudiantes. Ahí empezó el gusto. Luego vi las obras del mejor director que ha dado este país, el padre, Santiago García, y ahí me interesé del todo por el teatro, pero nunca me plantee estudiar porque no había donde, solo cosas informales que no me interesaban. Decidí estudiar literatura, porque desde pequeño leía mucho. En el último año de bachillerato les dije a unos compañeros que hiciéramos una obra y digamos que me autonombré director.

—¿Ya tenía la vena de la dirección? —lo interrumpo.

—Era un ciego guiando a otros ciegos. Yo no sabía nada de eso. No sé cómo hice pero ahí salió.

—Luego viene su entrada a Los Andes y, con sus amigos, por allá en 1973, forma el grupo de teatro que se convierte en lo que hoy es el Teatro Libre —le agrego.

—Al final de la carrera vino toda esa oleada del Movimiento estudiantil y me metí, como casi todos. Nos volvimos activistas políticos, muy beligerantes. Venimos desde esa época Jorge Plata y Patricia Jaramillo, pero no pensamos nunca en formar un grupo de estos. Son esas cosas que uno no piensa mucho sino que la vida lo lleva a uno hasta allá. 

Camacho ahora se ve más cómodo. Parece olvidar el micrófono. Su voz gruesa se mantiene pero el tono es más tranquilo. Los rayos del sol se mantienen pero bajan su intensidad.

—¿Soñó con algo diferente al teatro? ¿le queda algún sueño por cumplir?—le pregunto.

Respira profundo.

—Ya que lo pregunta, soñaba con ser futbolista profesional. Me interesaba mucho el deporte, era un deportista. Jugaba fútbol todo el día. Pero no pude serlo. Eso me implicaba dejar los estudios y no tenía sentido. No me planteaba estudiar teatro.

—¿Y dejó el fútbol para siempre?

— Jugué como hasta los treinta y pico de años, hasta que una vez me dieron una patada y quedé lesionado como por un mes. Me dio pánico volver a jugar y no lo hice. Eso es muy peligroso.

Cuando habla de fútbol es otro. Más cercano, tranquilo. Sonríe. Le encanta ver partidos y disfrutó con lo que el ve como la máxima expresión del fútbol, el Barcelona de Guardiola. Aunque su sueño de ser futbolista quedó atrás, su pasión no se acabó. 

—No se pierde un partido, sufre con eso —afirma Alejandra Guarín.

—Tengo la desgracia de ser hincha de Millonarios. Le digo todas las alineaciones de ahora y de antes. Aunque dejé de ir al estadio. Uno tiene la posibilidad de ver fútbol internacional de buena calidad por televisión y el fútbol colombiano es muy malo. Igual, sigo todos los partidos de Millos, es una cosa que uno lleva en la sangre, eso se queda ahí.

¿Innovar con lo clásico?

Después de la entrevista, Camacho tendría que salir para el centro. Además de la obra que está preparando, en la sede del Teatro Libre en la Candelaria, está presentando El pobre Bertolt Brecht, un espectáculo de cabaret musical con una puesta en escena más compleja, con siete actores, y basada en una selección de poemas de Brecht, adaptados por Patricia Jaramillo y musicalizados por Víctor Hernández. Un espectáculo completamente diferente. Quizás por esas luchas artísticas por no repetirse e innovar.

—Trato de que todo lo que hagamos acá sea distinto. Es muy tonto uno estar repitiéndose. Este espectáculo es un lenguaje completamente nuevo para nosotros. Nunca lo habíamos hecho y es un placer descubrir cómo se hace. La obra que hacemos acá, con Alejandra, es algo mucho más íntimo.

—Usted lleva más de 40 años montando obras y más de cien dirigidas ¿Qué hacer para no repetirse?

—Ese es el chiste —responde mientras despide un suspiro reflexivo—. No es que uno se siente y diga “voy a hacer algo completamente distinto de lo que hice la última vez”. No. Es que cada vez que uno haga un trabajo sea algo único. Que las soluciones que uno encuentre sean de ese trabajo y no de otro. 

—Pero hay muchas influencias —le agrego.

—Por supuesto. En este oficio y todos los que tienen que ver con el arte uno tiene muchas influencias de lo que ha visto, leído, escuchado, vivido; influencias de la música, la pintura, el cine, la literatura. El arte está basado en la cleptomanía. Es imposible no hacerlo, pero el punto es cómo hacer que todas esas influencias confluyan en soluciones únicas en el momento de hacer un espectáculo. 

—Usted me habla de influencias de los clásicos, de Brecht, de Grotowski, de Stanislavski, de Chéjov… ¿Cuál ha marcado más su carrera?

—Han sido varios a través de los años, al comienzo la influencia de Brecht era enorme, luego conocí el trabajo de Jersy Grotowski  y, claro, del padre de todos, Stanislavski. La idea es que uno use de todos algo pero no somos un grupo marcado o matriculado alrededor del brechtianismo, ni del grotowskianismo, ni nada. La idea es usar lo que se necesite en el momento que es, de muy diversas fuentes.

—De ahí el nombre Teatro Libre. ¿Por eso lo bautizaron así?

—Ese nombre no es totalmente original, pero sí respondía a que queríamos hacer un grupo de teatro experimental no inscrito en ninguna escuela específica, en ninguna familia estética específica sino que se trataba de un grupo que quería encontrar uno o muchos lenguajes propios.

—¿Y cómo surgió el nombre? ¿Quién lo puso?

—La verdad, no fue el nombre de muchas discusiones sino que salió, alguien lo propuso, no recuerdo quién y quedó. Y bueno, ahí está, no es muy original porque en Europa hay varios teatros libres, son una tradición europea, pero a estas alturas de la vida sería muy tonto cambiarlo, sería como uno cambiarse el nombre después de viejo.

El semillero de actores

Una jornada de Ricardo Camacho lo obliga a dividirse en varios lugares y facetas. Este mismo día, nueve horas atrás, en la mañana, antes de la entrevista, antes del ensayo en Chapinero y, obvio, antes de la presentación en el centro, dictó una de las clases de más prestigio del programa de Arte dramático de la Universidad Central en convenio con el Teatro Libre. De estas clases salen gran parte de los actores de sus obras. 

—Acá todos tenemos un segundo trabajo. La mayoría somos maestros y enseñamos o hacemos otra cosa, pero relacionada con el teatro o con la actuación. Muchos hacen televisión como una solución económica, pero eso es muy diferente a lo que se hace acá —dice cuando ya oscurece en el tercer piso. Abajo, en el primero, en la calle, empiezan a llegar personas que van a ver la obra Máxima seguridad, dirigida por Nelson Celis. En el centro, desde hace un par de horas, ya empezó el montaje de El pobre Bertolt Brecht.

Alejandra Guarín, por su parte, sigue ensayando, mientras se da la entrevista, también es profesora en la Universidad Central. Igual pasa con su actor predilecto, Héctor Bayona, y muchos otros. Sin embargo, el teatro tiene que ser primordial para los que trabajen con Camacho. 

—Esto tiene que ser una pasión fuerte porque hay que sacrificar muchas cosas. Para trabajar con Ricardo hay que estar actualizándose constantemente, tener un mundo literario amplio, ver cine, estar documentado —diría Alejandra Guarín, minutos después.

Una clase de él tiene un formato similar al ensayo de una obra. Incluso, el ejercicio que realizó con Alejandra Guarín es parecido al que realizó esa mañana en la clase, con sus estudiantes. Una clase con Camacho es temida con la misma intensidad con la que es admirada. Sus alumnos la ven como una oportunidad para mostrarse. 

—El teatro es un oficio práctico que tiene una relación directa con el público permanentemente. No concibo una persona que enseñe teatro que no haga teatro. Hacer y enseñar, en este caso, son totalmente complementarias —agrega Camacho mientras se reacomoda en la silla.

Sus actores tienen que ser versátiles. Pueden pasar de hacer hoy Hamlet a mañana ser un celador. El director con mayor recorrido del Teatro Libre cree que los actores no se pueden encasillar en diferentes tipos de personaje ni cree en castings como los de la televisión o que a veces se dan incluso en el cine.

—No creo en eso del reparto por tipos. Eso de que ponen a una persona siempre como servidora doméstica porque cumple el estereotipo me parece aberrante. Eso solo encaja en la industria del espectáculo donde tienen que dar resultados rápidos y baratos. ‘No tengo que ensayar entonces busco el estereotipo y la pongo’. En el teatro es distinto —afirma vehemente.

Por esto nunca le ha preocupado que muchos actores pasen por su grupo y luego lo dejen y tomen carreras diferentes, como la televisión o el cine. Así es el caso del ganador de tres premios India Catalina (dos en televisión y uno en cine), un premio del Festival de Cine de Guadalajara y del Festival de Cine de Bogotá, así como un TV y Novelas, el actor Andrés Parra, quien, además, ha sido nominado en dos ocasiones a los People en Español y a los Tu Mundo.

—Eso son cosas de la vida. No creo que un grupo de teatro sea como los matrimonios de antes, para toda la vida. Un grupo que no se esté renovando, que no reciba una inyección permanente de sangre nueva se muere. Es normal, además porque en Colombia no se puede vivir del teatro. 

—¿Cuál es el mejor actor que ha dirigido? —le pregunto de inmediato.

—Yo no puedo dar nombres. Creo que en determinado momento un actor determinado fue determinante. En otro momento fue otro y así. No me gusta mirar para atrás, solo para adelante. En este momento los más determinantes son los actores con los que estoy trabajando. Son con los que tengo una relación más directa, más íntima y me han enseñado mucho. Esto no es de una sola vía, les enseño y me enseñan.

—Cuando llega un nuevo actor ¿cuál es la clave para que crezca?

—Es esencial que sea sincero, que uno vea el alma del actor ahí, que haya un trabajo personal. Alguien decía que el papel es como una especie de escalpelo con el cual el actor se revela. Ese es un primer nivel y es el clave. Es un actor que está dejando huella personal. El segundo nivel es el personaje en sí mismo, las características, cómo es, cómo camina, cómo habla, cómo se mueve, cuál es su historia, cuál es su pasado, qué lleva entre los bolsillos. Es toda una construcción que tiene que hacer el actor de la vida de ese personaje. Después confluyen esos dos niveles, el mundo interior del actor y el del personaje que ha construido. Eso nos diferencia con la televisión, donde no hay algo tan íntimo. Se hace la escena y se logra y listo. Se hace en cadena como un producto masivo.

—Pero en el teatro pasa la actuación y ya, los que no la vieron se fregaron ¿no? En la televisión queda.

—Uso una frase del director inglés Peter Brook: “El teatro es un arte que está escrito en el viento”. Una de las cosas que más me interesa del teatro es esa, ese carácter efímero. Termina el espectáculo y terminó. Cuando uno dice “se cuelga la obra”, se cuelga y muere. Hay que asumirlo y aceptarlo. Completamente distinto al cine que queda para siempre. 

Son las 7:00 p.m. y Ricardo Camacho tiene que salir para el centro. Lo espera el Pobre Bertolt Brecht. Alcanza el tiempo para una pregunta más:

—¿Un sueño por cumplir en el teatro?

—Mi sueño ha sido hacer las obras que me han impactado, de los grandes dramaturgos, de los griegos, de Shakespeare. El sueño que tengo y espero poder hacer algún día es dirigir una de las obras de Antón Chéjov, pero está todavía muy lejos, quizás la vida me de la oportunidad. 

—¿Por qué no ha podido?

—En este momento no tenemos esos actores. Se necesitan actores de mucha edad, gente con un gran peso y, por ahora no la tenemos.

Ricardo Camacho, se despide. Con una palmada en la espalda y un fuerte apretón de manos se marcha. Lo espera un espectáculo de cabaret que dejaría de presentarse el 23 de agosto. Ahora se prepara para montar La comedia de las equivocaciones de Shakespeare. Ya del sol no quedan rastros.

EN POCAS PALABRAS

¿Una palabra?
Empieza con C, sigue o y no digo más… (se ríe).
 
¿Un color?
Verde.
 
¿Un libro?
El que estoy leyendo, Años interesantes de Eric Hobsbawm.
 
¿La mejor obra que ha dirigido?
La próxima.
 
¿Un autor?
Thomas Mann, Proust, me encanta también Roberto Bolaño.
 
¿Un disco?
Variaciones Goldberg de Bach.
 
¿Una película?
Nostalgia de Andrei Tarkovsky.
 
¿Una obra?
Hamlet.
 
¿Un director de teatro?
Santiago García.
 
¿Y uno internacional?
Giorgio Strehler.
 
¿Un director de cine?
Andrei Tarkovsky.
 
¿Un equipo?
El Barcelona de Guardiola.
 
¿Un actor?
Richard Burton
 
¿Uno nacional?
Héctor Bayona.

Paso a paso se hace historia

  • 1967. Creación del Teatro Estudio de la Universidad de los Andes.

  • 1968. Movimiento estudiantil, revueltas en todo el mundo. 

  • 1969. El grupo de teatro es premiado en el Festival Latinoamericano de Teatro de Manizales con la obra de Peter Weiss El canto del fantoche lusitano.

  • 1973. Se funda el Teatro Libre de Bogotá.

  • 1974. Camacho dirige las obras Los mecanógrafosEl tigreLa madre, teatro, y La verdadera historia de Milciades García.

  • 1979. Puesta en escena de El rey Lear.

  • 1980. Se inaugura la sede del Teatro Libre en el centro.

  • 1983. El Teatro Libre tiene su primera gran gira internacional por China y Europa.

  • 1987. Se adquiere y remodela el teatro de Chapinero

  • 1988. Se crea la Escuela de Formación de Actores del Teatro Libre.

  • 1992. Gana la beca de Creación de Colcultura.

  • 1998. Gana la beca 25 Años del Teatro Libre de la Universidad de los Andes.

  • 2005. La Escuela del Libre se asocia con la Universidad Central y crean el Departamento de Arte dramático y la carrera.

  • 2013. El Teatro Libre recibe la Medalla de Oro de la Universidad de los Andes al Mérito Cívico por sus 40 años de aportes al desarrollo de las artes y la cultura en Colombia.

Deja un comentario