Durante años me he preguntado cómo lograr que el conocimiento que nace en la academia no se quede allí, encapsulado entre papers y auditorios, sino que encuentre caminos para tocar la piel del otro, resonar en la calle, cruzarse con la vida cotidiana. En esa búsqueda, volví a uno de mis primeros amores: el lenguaje audiovisual. Más aún, el formato breve del corto documental, con su potencia para condensar búsquedas personales, científicas y creativas en apenas unos minutos.
Hace poco lanzamos en la Universidad de los Andes una serie llamada Visionarios, que sintetiza muy bien esta apuesta. Son documentales cortos que retratan a profesores que investigan movidos no solo por la rigurosidad académica, sino por una inquietud vital. Profesores que buscan en su ciencia respuestas a preguntas íntimas. Profesores que han hecho de su vida una búsqueda, y de su búsqueda una forma de impactar a otros. Dicen que toda investigación es una búsqueda personal, esta serie es fiel reflejo de esta premisa.
¿Por qué el formato corto? Porque vivimos en un mundo saturado de información, pero sediento de sentido. Los videos breves permiten concentrar el mensaje, trabajar con el ritmo emocional, facilitar la circulación en redes y plataformas, y abrir la puerta a públicos diversos —desde expertos hasta curiosos— sin perder profundidad.
Un corto documental bien hecho puede:
- Traducir conceptos complejos en experiencias humanas.
- Humanizar la ciencia al mostrar el rostro de quien la produce.
- Crear comunidad, no solo informar.
- Tocar el corazón antes que convencer por acumulación de datos.
Visionarios: historias que nacen de búsquedas personales
Con Visionarios quisimos alejarnos de los videos institucionales clásicos. No queríamos vitrinas de logros, sino ventanas al alma. No queríamos recitar hojas de vida, queríamos conectar con el humano. Cada capítulo es el retrato de una persona que investiga porque no puede evitar preguntarse cosas. Sandra Vilardy, por ejemplo, no estudia la ciénaga solo por datos: su historia familiar, sus recuerdos y su amor por la vida la llevan a protegerla. Diego Lucumí no habla de salud pública desde una torre de marfil: habla desde una memoria encarnada en la lucha afrocolombiana. Alejandro Castillejo nos invita a volver a las raíces para entender el presente. Andrés Moya ve la salud mental no solo como un objeto de estudio sino como una lucha personal.
En Visionarios no hay guiones acartonados. Hay emoción. Hay cámara sensible. Hay narrativas que buscan resonar tanto en el pensamiento como en el pecho.
Un medio anfibio, una apuesta por el bosque
En la Universidad de los Andes construimos esta serie desde el ecosistema Puntos, un proyecto editorial que no se contenta con mostrar árboles (hechos aislados) sino que apuesta por mostrar el bosque completo: contexto, sentidos, vínculos. Como nos propusimos al momento de crearlo es un medio “anfibio”, que transita entre lo académico y lo popular, lo riguroso y lo estético, la investigación y la creación.
Los cortos documentales de Visionarios habitan ese ecosistema. Son parte de su selva narrativa, de su paleta de colores, de su apuesta por contar historias de impacto con herramientas del arte, el periodismo, la ciencia y la emoción.
¿Por qué contar así?
Porque en tiempos de IA, de imágenes generadas por código, de narrativas algorítmicas, necesitamos volver a lo auténtico. A lo humano. Al rostro. A la voz quebrada. Al dato que se vuelve relato.
Y porque comunicar ciencia, arte o sociedad no es solo informar. Es invitar a pensar, a sentir, a actuar. Un documental corto bien hecho no es un producto. Es un puente.
Para cerrar, les comparto esta lista con los capítulos de Visionarios:
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